La Reina Margot
La Reina Margot —¿Por medio del hierro o del veneno? —preguntó Carlos sin perder de vista un instante la impasible fisonomÃa de su madre.
—No; por otros medios mucho más terribles y seguros —respondió Catalina.
—Explicaos.
—Hijo mÃo —dijo la florentina—, ¿tenéis fe en las prácticas de la cábala y de la magia?
Carlos disimuló una sonrisa de desprecio e incredulidad.
—Mucha —dijo.
—Pues bien —replicó apresuradamente Catalina—, es de ahà de donde provienen todos vuestros sufrimientos. Un enemigo de Vuestra Majestad, que no osó atacaros de frente, ha conspirado en la sombra. Ha dirigido contra la persona de Vuestra Majestad una conspiración tanto más terrible cuanto que no tenÃa ningún cómplice y los misteriosos hilos de su trama eran invisibles.
—¡Imposible, a fe mÃa! —exclamó Carlos, rebelándose contra tanta astucia.
—Buscad bien, hijo mÃo —dijo Catalina—, acordaos de ciertos proyectos de evasión que debÃan asegurar la impunidad del criminal.
—¡El criminal! —exclamó Carlos—. ¿El criminal decÃs? ¿Acaso han intentado matarme, madre mÃa?
Los ojos cambiantes de Catalina giraron hipócritamente bajo sus párpados caÃdos.