La Reina Margot

La Reina Margot

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—Sí, hijo mío; vos tal vez lo dudéis, pero yo estoy segura.

—Nunca dudo de lo que vos me decís —respondió el rey con amargura—. ¿Y cómo trataron de matarme? Tengo curiosidad por saberlo.

—Por medio de la magia, hijo mío.

—Explicaos, señora —dijo Carlos, volviendo a su papel de observador.

—Si ese conspirador al que quiero señalar… y al que Vuestra Majestad ha dado ya un nombre en el fondo de su corazón…, habiendo dispuesto sus baterías y estando seguro del éxito, hubiera logrado desaparecer, nadie quizás hubiese adivinado la causa de los sufrimientos de Vuestra Majestad; pero, felizmente, señor, vuestro hermano velaba por vos.

—¿Qué hermano?

—El duque de Alençon.

—¡Ah! Sí, es cierto; siempre me olvido de que tengo un hermano —murmuró Carlos, sonriendo tristemente—. ¿Y decíais, señora…?

—Que por suerte él reveló a Vuestra Majestad el lado material de la conspiración. Pero mientras que él, como joven inexperto, no buscaba más que las huellas de un complot vulgar o las pruebas de una travesura de muchacho, yo busqué las pruebas de una acción mucho más importante, pues conozco hasta dónde llega la intención del culpable.


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