La Reina Margot

La Reina Margot

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—Madre mía, se diría que estáis hablando del rey de Navarra —dijo Carlos, queriendo saber hasta dónde llegaba el disimulo de la florentina.

Catalina bajó los ojos hipócritamente.

—Me parece que ya le he hecho arrestar y conducir a Vincennes por la travesura en cuestión —añadió el rey—. ¿Acaso es más culpable de lo que supongo?

—¿Sentís la fiebre que os devora? —preguntó Catalina.

—Sí, por cierto —dijo Carlos frunciendo el ceño.

—¿Y el calor abrasador que os roe el corazón y las entrañas?

—Sí, señora —respondió Carlos poniéndose cada vez más sombrío.

—¿Y agudos dolores de cabeza que pasan de vuestros ojos a vuestro cerebro como si fueran flechas? —Sí, sí, señora. ¡Oh! Todo eso es lo que siento. ¡Qué bien sabéis describir mi mal!

—Es bien sencillo —dijo la florentina—, mirad… De debajo de su capa sacó un objeto que presentó al rey.

Era una figurita de cera amarillenta, de unas seis pulgadas de alto. La estatuita tenía un vestido salpicado de estrellas de oro y un manto real también de cera.


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