La Reina Margot
La Reina Margot —¿Os referís al señor de La Mole? —preguntó Carlos.
—Sí, el mismo; ahora, si os place, mirad esta aguja de acero que le atraviesa el corazón y ved la letra que está escrita en el papel que cuelga de ella.
—Veo una M —dijo Carlos.
—Es decir: muerte. Es la fórmula mágica, señor. El inventor escribe así su deseo sobre la misma herida que abre. Si hubiera querido que os atacara la locura, como hizo el duque de Bretaña con el rey Carlos VI, hubiese clavado la aguja en la cabeza y hubiera escrito una L en lugar de una M.
—¿De modo —dijo Carlos IX— que en vuestra opinión es el señor de La Mole quién atenta contra mis días? —Sí, como el puñal busca al corazón, sólo que detrás del puñal está la mano que lo empuña.
—¿Y es esta la causa del mal que me aflige? ¿Y acabará el mal el día en que cese el sortilegio? ¿Qué es lo que hay que hacer para ello? —preguntó Carlos—. Vos lo sabéis, mi buena madre; yo, como no he dedicado toda mi vida a ocuparme de esto como vos habéis hecho, soy muy ignorante en materia de magia.
—La muerte del inventor rompe el encanto, esto es todo. El día en que el maleficio sea destruido, el mal cesará —dijo Catalina.
—¿De veras? —preguntó Carlos fingiendo asombro.