La Reina Margot
La Reina Margot —¿Cómo? ¿No lo sabéis?
—¡Diantre! No soy brujo —dijo el rey.
—Vuestra Majestad está convencida ahora, ¿no es cierto? —preguntó Catalina.
—En efecto.
—¿Y esta convicción acaba con vuestra inquietud?
—Completamente.
—¿No me lo diréis por compromiso?
—No, madre mÃa, os lo digo con toda el alma.
El semblante de Catalina se dulcificó.
—¡Dios sea loado! —exclamó, como si realmente creyera en Dios.
—SÃ, Dios sea loado —repitió con ironÃa Carlos—. Ahora ya sé tan bien como lo sabéis vos a quién debo atribuir el estado en que me encuentro y no ignoro por consiguiente a quién debo castigar.
—Y castigaremos…
—Al señor de La Mole: ¿no me dijisteis que él era el culpable?
—Dije que era el instrumento.
—Está bien —dijo Carlos—, empecemos por La Mole; es el más importante. Todas estas crisis que sufro pueden llegar a crear en torno nuestro suposiciones peligrosas. Es urgente que se haga la luz y que a esta luz resplandezca la verdad.
—¿De modo que el señor de La Mole…?