La Reina Margot
La Reina Margot —Me conviene admirablemente como culpable: lo acepto, pues. Comenzaremos por él, y si tiene algún cómplice, ya lo dirá.
—Sà —murmuró Catalina—, y si no quiere decirlo, le obligaremos a hablar. Contamos para ello con medios infalibles.
Y levantándose dijo en voz alta:
—¿PermitÃs, señor, que comience la instrucción del proceso?
—Es mi deseo, señora —respondió Carlos—, y… cuanto antes comience será mejor…
Catalina estrechó la mano de su hijo, sin darse cuenta del nervioso estremecimiento que la agitó al ponerse en contacto con la suya, y se fue sin oÃr la risa sardónica del rey ni la sorda y terrible imprecación que siguió a la misma. El rey se preguntaba si no habrÃa peligro en dejar obrar de tal modo a aquella mujer que era capaz de hacer en pocas horas tanto mal irremediable.
Cuando miraba la puerta por la que acababa de salir Catalina, oyó un ligero ruido a su espalda, y volviendo la cabeza vio que Margarita levantaba el tapiz que comunicaba con el cuarto de su nodriza. Margarita, cuya palidez de rostro, angustiosa mirada y alterada respiración revelaban la más violenta emoción, exclamó precipitándose hacia el lecho de su hermano: