La Reina Margot
La Reina Margot —SÃ, Enriquito tiene ideas singulares. Tal vez se equivoque o tal vez acierte; pero, en fin, el caso es que se le ha ocurrido que se siente más seguro habiéndome caÃdo en desgracia que bajo mi protección y mejor lejos de mà que a mi lado, en Vincennes que en el Louvre.
—¡Ah, ya comprendo! —dijo Margarita—. Entonces ¿está seguro?
—¡Diantre! ¡Tan seguro como puede estar un hombre del que Beaulieu me responde con su cabeza!
—¡Oh! Gracias, hermano mÃo, por lo que respecta a Enrique. Pero…
—¿Pero qué? —preguntó Carlos.
—Hay otra persona, señor, por la que quizás haga mal en interesarme, pero por la que me intereso al fin.
—¿Y quién es esa persona?
—Señor, ahorradme… Me atreverÃa si acaso a nombrársela a mi hermano, pero no me atrevo a nombrársela al rey.
—Es el señor de La Mole, ¿no es cierto? —dijo Carlos.
—¡El mismo, señor! —exclamó Margarita—. Quisisteis matarle una vez y por milagro escapó a vuestra real venganza.