La Reina Margot
La Reina Margot La Mole estaba sombrío y pálido; tenía la cabeza apoyada contra la pared de mármol y sus negros cabellos, bañados en un abundante sudor que daba a su rostro la blancura mate del marfil, parecían conservar su rigidez después de haberse erizado de espanto.
A una señal del carcelero, los dos ayudantes se alejaron para ir a buscar al sacerdote que Coconnas había solicitado.
Era el momento convenido.
Coconnas siguió con la vista ansiosamente a sus camilleros y no era él sólo quien los miraba.
Apenas desaparecieron cuando, de detrás del altar, se vio salir a dos mujeres que irrumpieron en el coro haciendo grandes demostraciones de alegría y removiendo el aire como el soplo cálido y ruidoso que precede a la tormenta.
Margarita se precipitó hacia La Mole estrechándole entre sus brazos.
La Mole profirió un grito terrible, un grito semejante a los que había escuchado Coconnas desde su celda y que estuvieron a punto de volverle loco.
—¡Dios mío! ¿Qué os pasa, La Mole? —dijo Margarita retrocediendo aterrorizada.
La Mole exhaló un profundo gemido y se llevó las manos a los ojos como para no ver a Margarita.
La reina se asustó aún más ante aquel silencio y al ver aquel gesto que al oír el grito de dolor.