Las dos Dianas
Las dos Dianas
RNALDO, en vez de ser conducido directamente desde la sala del tribunal al calabozo que ocupaba en la cárcel, fue llevado a un patio interior que formaba parte del mismo edificio del juzgado, donde le dejaron solo durante algunos minutos, por si sus jueces creían conveniente llamarle de nuevo luego que terminase el interrogatorio de su contrario.
En cuanto se vio solo, entregóse a sus reflexiones y, por lo pronto, se felicitó por el efecto que su hábil defensa había producido en la sala de justicia. No estaría seguramente tan persuasivo Martín Guerra, pensaba el bribón de Arnaldo, no obstante tener toda la razón de su parte.
Que Arnaldo había ganado tiempo, no puede dudarse y no lo dudaba el interesado; pero, examinando las cosas con la atención debida, principiaba a comprender el falsario que no había ganado otra cosa, que la verdad, que con imprudencia tanta había embrollado y ocultado, concluiría por brillar. El mismo condestable de Montmorency, cuyo testimonio se había atrevido a invocar, difícilmente se prestaría a cubrir con su autoridad los desaguisados y fechorías de su espía.
