Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Es que, monseñor, si he de ser franco, experimento cierta confusión, cierto reparo, cuando me hablan de ese punto. Si me pregunto, si sondeo las profundidad de mi corazón encuentro un sentimiento muy singular que me causa cierta vergüenza; pero con vos, puedo explicarme con toda ingenuidad, ¿verdad?

—¡Pues no faltaba más, Martín!

Martín Guerra dirigió en torno suyo una mirada tímida, contó para cerciorarse de que estaba solo con Gabriel, y sobré todo, para asegurarse de que su mujer no podía escucharle, y, bajando la voz, dijo:

—Sabed, monseñor, que no solamente perdono al pobre Arnaldo de Thill, sino que, a estas horas, le bendigo. ¡Qué favor me ha hecho! ¡No hay dinero en el mundo con que pagárselo! De un tigre ha hecho una oveja, de un demonio un ángel. Yo estoy recogiendo el fruto bendito de sus crueles tratamientos sin tener que reprochármelos. A todos los maridos contrariados y atormentados por sus mujeres, ¡y cuidado que abundan!, les deseo… un suplantador… siempre que sea tan persuasivo como el mío. En una palabra, monseñor: Arnaldo de Thill me ha ocasionado muchas molestias, perjuicios y tormentos, pero los ha compensado con exceso puesto que, merced a su sistema enérgico, me ha asegurado la felicidad doméstica y la tranquilidad para el resto de mis días.

—Tienes razón —contestó sonriendo el conde de Montgomery.


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