Las dos Dianas

Las dos Dianas

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En aras de un motivo tan poderoso, la viuda de Enrique II infringió la etiqueta, que la obligaba a vivir durante cuarenta días en sus habitaciones sin dejarse ver.

Desde hacía doce días, se había despertado en el alma de Catalina de Médicis, vejada y preterida sistemáticamente por su difunto marido, aquella ambición vasta y profunda que llenó todo el resto de su vida. Penetrada, sin embargo, de que no podía ser regente de un rey mayor de edad, vio que la única probabilidad de reinar sería hacerlo por medio de un ministro afecto a sus intereses.

No podía ser este ministro el condestable de Montmorency, quien durante el reinado que acababa de terminar enderezó todos sus esfuerzos a minar la legítima influencia de Catalina de Médicis para favorecer la de Diana de Poitiers. La reina madre no le perdonaba sus intrigas, antes por el contrario sólo pensaba en castigar su comportamiento, siempre duro y con frecuencia inhumano, observado con ella.

Antonio de Borbón habría sido en sus manos un instrumento más dócil, pero profesaba la religión reformada; su mujer, Juana de Albret, era una ambiciosa de peligro, y por otra parte, su rango de príncipe de la sangre, podía, unido a su poder efectivo, inspirarle peligrosas veleidades.


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