Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Sonreían Francisco de Lorena y Catalina de Médicis en vista de las esperanzas, de las ilusiones, mejor, que se hacían sus jóvenes soberanos. Uno y otra habían conseguido lo que deseaban: el primero la certidumbre de que la reina madre no se opondría a que le fuera confiada la soberanía, por decirlo así, del reino, y la segunda, la creencia de que el ministro compartiría con ella aquella soberanía.

Así las cosas, anunciaron al condestable de Montmorency.

Justo es hacer constar que el condestable se condujo, al principio, con mayor dignidad y moderación que Diana de Poitiers. Prevenido por aquella de lo que le esperaba, ya que iba a caer, quería hacerlo con honor.

Se inclinó respetuosamente ante Francisco II y dijo con extremada cortesía:

—Señor: sospechaba que el viejo servidor de vuestro padre y de vuestro abuelo gozaría cerca de vos de poco favor. No me quejo, señor, de este cambio de mi fortuna, que tenía previsto. Me retiro sin murmurar. Si el rey o Francia me necesitan algún día, me encontrarán en Chantilly, y todo cuanto poseo, señor, mis bienes, mis hijos, mi propia vida, estarán siempre al servicio y a la disposición de vuestra majestad.

La moderación del condestable conmovió algún tanto al joven rey, el cual, más confuso que nunca, se volvió hacia su madre, sin saber qué responder.


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