Las dos Dianas

Las dos Dianas

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El duque de Guisa, seguro de que su intervención convertiría en cólera tumultuosa la prudencia del condestable, dijo con entonación de refinada cortesía:

—Puesto que el señor de Montmorency abandona la corte, no dudo que tendrá la bondad, antes de marcharse, de devolver a su majestad el sello real que le fue confiado por nuestro difunto rey, y que nos hará falta desde hoy.

No se había engañado el duque de Guisa; sus palabras encendieron un volcán de ira en el pecho del envidioso condestable.

—¡Aquí está el sello! —dijo con aspereza, sacándolo de su ropilla—. Iba a devolverlo a su majestad sin necesidad de que me hubiese sido pedido; pero veo que su majestad se encuentra rodeado de personas atentas a aconsejarle que afrente a los que tienen derecho a ser tratados con benevolencia, a los que tienen títulos sobrados a su gratitud.

—¿A quiénes alude Montmorency? —preguntó con altanería Catalina.

—Me parece que la alusión es clara, toda vez que hablé de los que rodean a su majestad —replicó el condestable abandonándose a su natural adusto y brutal.

Mal había escogido la ocasión, porque Catalina no deseaba más que un pretexto para desahogar su rabia.


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