Las dos Dianas
Las dos Dianas Se puso en pie y, sin ningún miramiento, principió a echar en cara al condestable los modales bruscos y despectivos con que siempre la había tratado, su hostilidad declarada hacia todo lo florentino, la preferencia que públicamente concedió a la manceba sobre la esposa legítima. Catalina no ignoraba que Montmorency había sido el causante de todas las humillaciones que apuraron los emigrados que la habían seguido a Francia durante los primeros años siguientes a su matrimonio; sabía que el condestable tuvo la osadía de aconsejar a Enrique II que la repudiase por estéril, que después la calumnió villanamente…
El condestable, poco acostumbrado a oír reconvenciones de nadie, al escuchar el último cargo, se puso furioso, y contestó con una sonrisita burlona que era un nuevo insulto.
Entretanto, el duque de Guisa había tenido tiempo para recibir órdenes dictadas en voz baja por Francisco II, o hablando con más propiedad, para dictarlas al rey, y a su vez, elevando tranquilamente la voz, aplastó a su rival con indecible satisfacción de Catalina de Médicis.