Las dos Dianas

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Capítulo XXXIX

SIGUIÓ un silencio de algunos momentos a la salida de Catalina de Médicis. El rey parecía asombrado de su propia audacia, y María, inspirándose en el delicado instinto de su ternura, pensaba con terror en la última mirada cargada de amenazas de la reina madre. El duque de Guisa, en cambio, se alegraba en secreto de verse libre, desde el momento en que subía al poder, de una asociada ambiciosa y peligrosa.

Gabriel, causa ocasional de aquella perturbación, habló el primero.

—Os doy las gracias, señor —dijo—, y a vos, señora, por las excelentes y generosas intenciones que abrigáis para con un desventurado a quien hasta el cielo abandona. Pero, a pesar de la profunda gratitud que os profesa mi corazón, os diré que de nada sirve que alejéis los peligros y la muerte de una existencia tan triste y precaria como la mía. A nadie puede ser útil mi vida, ni siquiera a mí mismo. No la hubiera disputado a la señora Catalina de Médicis, porque de hoy más y para siempre es completamente inútil… ¡y podría ser perjudicial algún día! —añadió con el pensamiento.


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