📕 Las dos Dianas (Dumas, p. 127) - PlanetaLibro.net

Las dos Dianas

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Capítulo IX

LAS tertulias celebradas en las habitaciones de la reina tenían lugar, por regla general, después de cenar. Así se lo manifestaron a Gabriel, indicándole al mismo tiempo que su nuevo empleo de capitán de la guardia no sólo le daba derecho, sino que le imponía la obligación de asistir a ellas. Por nada del mundo habría dejado de cumplir aquel deber, y únicamente le impacientaba el tener que esperar veinticuatro horas para ello. Se ve, pues, que el señor d’Avallon, palaciego celoso y militar bravo como el que más, había sido reemplazado por un hombre que rivalizaba, si no le superaba, en las dos cualidades.

Necesario era matar de algún modo las veinticuatro horas mortales que separaban a Gabriel del momento deseado; y como su corazón rebosaba júbilo, y no había visto París más que de paso, comenzó a correr calles a la ventura, acompañado por Martín Guerra, tanto para ver la ciudad, cuanto para buscar un alojamiento cómodo. Aquel día estaba de suerte en todo: por casualidad encontró vacante el aposento que muchos años antes ocupara su padre, el conde de Montgomery, y aunque era lujoso en exceso para un simple capitán de guardias, lo tomó, escribiendo en seguida a su fiel Elyot para que le remesara algún dinero, y a su nodriza Aloísa para que viniera a reunirse con él.


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