Las dos Dianas
Las dos Dianas Gabriel había conseguido ya el primer objetivo que se había propuesto. Ya no era un niño, sino un hombre que había pasado por diferentes pruebas y que sabría hacerse respetar, un joven que, al lustre que heredó de sus antepasados, había añadido una aureola de gloria personal. Sólo, sin otro apoyo que el de su espada, sin más recomendación que su valor, a los veinticuatro años de edad obtenía un empleo importante, un grado eminente. Ya podría presentarse con arrogancia ante su amada, y con ceñudo semblante a los que debía odiar, a los cuales llegaría a conocer con la ayuda de Aloísa.
En brazos de tan risueñas esperanzas, con el corazón tranquilo, rebosante de contento, natural era que Gabriel durmiese de un sueño toda la noche.
Al día siguiente, tuvo que presentarse al señor de Boissy, Gran Escudero de Francia, para exhibir sus ejecutorias de nobleza. El señor de Boissy, caballero de lealtad acrisolada y de excepcional discreción, había sido amigo del conde de Montgomery, dióse cuenta cabal de los poderosos motivos que tenía Gabriel para ocultar su verdadero título, y le empeñó su palabra de guardarle el secreto. Seguidamente el mariscal d’Amville le hizo reconocer por su compañía, y Gabriel inauguró sus servicios haciendo una visita de inspección a las prisiones de Estado de París, comisión penosa que entraba en las atribuciones de su nuevo cargo, y que tenía el deber de desempeñar una vez al mes.