Las dos Dianas
Las dos Dianas Braguelonne tardó esta vez en contestar, pero su mirada penetrante parecÃa querer sondear el alma de Avenelles.
Este, respirando apenas, repitió la pregunta:
—¿Sabéis en qué sitio de ParÃs se hallan el prÃncipe de Condé y La Rénaudie?
—Poco trabajo nos costará encontrarles —contestó Braguelonne.
—¡Ah! ¡Pero todavÃa no les habéis encontrado! —exclamó con júbilo el abogado—. ¡Loado sea Dios! ¡Aún puedo ganar mi perdón! ¡Yo sé dónde están, monseñor!
Brillaron los ojos de Démocharés, pero el teniente de policÃa disimuló su gozo.
—¿Dónde están? —preguntó con la mayor indiferencia.
—¡En mi casa, señores, en mi casa! —contestó con orgullo Avenelles.
—Ya lo sabÃa —dijo tranquilamente el teniente de policÃa.
—¿Qué decÃs? ¿También sabÃais eso? —interrogó Avenelles palideciendo.
—Naturalmente. He querido probaros, ver si sois sincero… ¡Vaya! ¡Está bien! ¡No estoy descontento de vos! Pero vuestra situación es muy grave… ¡Haber dado asilo a tan grandes culpables…!