Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Os habéis hecho tan culpable como ellos! —tronó Démocharés.
—¡Oh! ¡No me lo digáis, monseñor! —exclamó Avenelles—. Ya me maliciaba yo los peligros que corrÃa, tanto, que desde que tuve noticia de los horribles proyectos de mis dos huéspedes, puedo decir que no vivo. Diré, sin embargo, que tan sólo hace tres dÃas que los conozco, lo juro. Sabéis, sin duda, que yo no asistà a la asamblea de Nantes. Cuando el prÃncipe de Condé y La Rénaudie llegaron a mi casa, en los primeros dÃas de esta semana, creà que admitÃa en ella a dos reformados, pero no a dos conspiradores. Me horrorizan los conspiradores y las conspiraciones. Nada me dijeron, y esto es causa de que mi indignación sea mayor, porque es inhumano comprometer asà a un infeliz que sólo servicios les ha prestado. Su comportamiento es odioso… ¡Pero a bien que los grandes personajes nunca se portan de otro modo!
—¿Cómo? —preguntó el señor de Braguelonne, que se tenÃa por personaje de los más grandes.