Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Me refiero a los grandes personajes de la Reforma —se apresuró a explicar el abogado—. Empezaron ocultándomelo todo; pero como se pasaban el día cuchicheando, y escribían a todas horas, y recibían visitas a cada minuto, aceché, escuché, adiviné al principio, y al fin se vieron en el caso de descubrírmelo todo, su asamblea de Nantes, su conspiración, todo, en una palabra, lo que sabéis perfectamente y que ellos creen que duerme en el mayor secreto. Pero desde el instante en que me hicieron la revelación, yo no dormía, ni comía, ni vivía. Cada vez que alguien entraba en mi casa, y Dios sabe que incesantemente llamaban a la puerta, imaginaba que venían a buscarme para llevarme arrastrando a presencia de mis jueces. Por las noches, en mis breves momentos de sueño febril, no veía más que tribunales, mazmorras, cadalsos y verdugos. Despertaba bañado en fríos sudores y era peor, porque medía, pesaba y aquilataba los horribles peligros que se cernían sobre mi cabeza.

—El primero de todos la prisión —dijo Braguelonne.

—A continuación el tormento —tercio Démocharés.

—Seguidamente la horca —añadió el teniente de policía.

—O acaso la hoguera —continuó el inquisidor.


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