Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Y quién sabe si también la rueda —dijo Braguelonne.

—¡Encarcelado, torturado, ahorcado, quemado y enrodado! —exclamó Avenelles, estremeciéndose al pronunciar cada una de aquellas palabras, como si sufriera ya los suplicios que iba enumerando.

—Abogado sois, ¡diantre!, y conocéis la ley —observó Braguelonne.

—¡Ojalá no la conociera tanto! Por eso, al cabo de tres días de angustias horribles, he comprendido que semejante secreto era carga demasiado pesada para mi responsabilidad y he venido a depositarla en vuestras manos, señor teniente de Policía.

—Era lo más prudente; y aunque vuestras revelaciones, como veis, no nos sean de grande utilidad, tendremos en cuenta vuestros buenos deseos.

Departió durante algunos instantes en voz baja con Démocharés, quien consiguió, al parecer, no sin trabajo, dictarle la resolución que debía adoptar.

—Ante todo —les dijo Avenelles en tono de súplica—, os pediré, como gracia especial, que no descubráis mi defección a mis antiguos… cómplices, porque los que… asesinaron al presidente Minard, pudieran jugarme una mala pasada.

—Guardaremos el secreto —contestó el teniente de Policía.


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