Las dos Dianas
Las dos Dianas —Pero me retenéis prisionero, ¿no es verdad? —preguntó el abogado con acento humilde y tÃmido.
—No; podéis volver libremente a vuestra casa cuando gustéis: ahora mismo.
—¿De veras? ¡Ah, ya caigo! ¡Vais a mandar prender a mis cómplices… digo, a mis huéspedes!
—Tampoco: quedan en libertad como vos.
—¿Pues cómo? —preguntó Avenelles estupefacto.
—Escuchad —contestó Braguelonne con expresión de gravedad—. Escuchad, y retened bien mis palabras. Vais a volver inmediatamente a vuestro domicilio, porque no quiero que una ausencia demasiado prolongada excite sospechas. No hablaréis con vuestros huéspedes ni de vuestros temores ni de vuestros secretos. Obraréis y dejaréis que obren ellos como si no hubierais entrado hoy en este despacho. ¿Me comprendéis bien? Nada impidáis y de nada os asombréis. Dejad que cada cual obre como le plazca.
—Eso es muy fácil —dijo Avenelles.
—Pero si necesitásemos alguna noticia, os la pedirÃamos por mediación de tercera persona, o bien os llamarÃamos aquÃ, a cuyo efecto, estaréis siempre a nuestra disposición. Si se considerase oportuno hacer alguna visita a vuestra casa, nos auxiliaréis.
—Puesto que he empezado, acabaré mi obra —contestó Avenelles suspirando.