Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Es el más conveniente —contestó Démocharés—. Es preciso que el asunto siga su curso, y para ello, preciso era no dar la voz de alarma a los conspiradores. Mientras crean bien guardado su secreto, seguirán trabajando. No ha de presentarse otra ocasión como esta para descargar el golpe de gracia a la herejía. Además, conozco muy bien el pensamiento de su eminencia el señor cardenal de Lorena.

—Mejor que yo; lo reconozco —contestó Braguelonne—. ¿Qué hemos de hacer ahora?

—Vos os quedaréis en París, y vigilaréis constantemente, por medio de Ligniéres y de Avenelles, a los dos jefes de la conspiración. Yo, dentro de una hora, me pondré en camino para Blois con objeto de advertir a los señores de Guisa. El cardenal se asustará al principio, pero el Acuchillado le tranquilizará, y una vez tranquilo, seguramente se alegrará de lo que pasa. Cuenta de los dos hermanos será reunir en quince días y sigilosamente las fuerzas de que puedan disponer. Los hugonotes, que no podrán sospechar nada, irán cayendo unos tras otros en la red que se les habrá tendido. ¡No escapará uno solo! ¡Todos quedarán en nuestro poder!

El gran inquisidor paseaba agitado por la estancia frotándose las manos de gozo.

—¡Quiera Dios que no sobrevenga algún cambio imprevisto que eche por tierra este magnífico proyecto! —exclamó Braguelonne.


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