Las dos Dianas
Las dos Dianas »No podía durar aquel combate tan desigual, y, en efecto, terminó en menos de un minuto; ni siquiera dio tiempo a Perrot para acudir a ayudar a su señor. Al llegar al umbral de la puerta, vio a uno de los soldados tendido en el suelo y a dos o tres más heridos, pero el conde había sido ya desarmado por los cinco o seis soldados restantes, los cuales le tenían sujeto. Perrot, que gracias al tumulto no había sido visto por nadie, creyó que podría ser más útil a su señor conservando la libertad que intentando un rescate imposible, pues así le sería factible avisar a los amigos del conde y hasta socorrer a este aprovechando alguna ocasión favorable. Volvió, pues, sigilosamente a su escondite, y allí permaneció con el oído alerta y la mano en el pomo de su espada, esperando con oportunidad favorable para dejarse ver, y acaso para salvar a su señor, toda vez que vivía y ni siquiera había sido herido. Pronto veréis, monseñor, que a mi Perrot no le faltaban ni el valor ni la audacia; pero hombre tan prudente como bravo, sabía aprovechar con habilidad las ocasiones más ventajosas. Por el momento, no podía hacer otra cosa que observar, y eso fue lo que hizo con gran atención y prodigiosa sangre fría.
»El señor conde de Montgomery, sujeto y agarrotado como estaba, seguía gritando: