Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Mañana saldremos de San Quintín para Calais —les dijo—. Hasta la hora de nuestra marcha, podéis hacer los preparativos y despediros de vuestros amigos: os dejo libres bajo palabra. Os prevengo, sin embargo —añadió con la delicadeza que le caracterizaba—, que si intentaseis salir, os detendrían en las puertas de la ciudad, porque no se permite la salida a nadie si no presenta un permiso especial del gobernador de la plaza.

Gabriel correspondió con una inclinación de cabeza al saludo de Lord Grey y se fue con Juan Peuquoy de la casa, sin darse cuenta de que su escudero Martín Guerra quedaba en ella en vez de seguirle.

—¿Cuál es vuestra intención, amigo mío? —preguntó Gabriel a Juan Peuquoy luego que llegaron a la calle—. ¿Es posible que no dispongáis de cien escudos para pagar en el acto vuestro rescate? ¿Por qué deseáis hacer el viaje a Calais? ¿Es positivo que reside allí un primo vuestro? ¿Qué causa misteriosa os mueve a obrar como lo hacéis?

—¡Silencio! —contestó Juan Peuquoy con aire misterioso—. Mientras respiremos atmósfera enemiga, no me atrevo a pronunciar una palabra. ¿Podéis fiaros de vuestro escudero Martín Guerra?

—Respondo de él —contestó Gabriel—. A pesar de sus olvidos y de sus alternativas, es el corazón más fiel del mundo.


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