Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Bueno! —dijo Peuquoy—. Habrá que enviarle a París para que traiga vuestro rescate, pero no directamente desde aquí, sino desde Calais. A este objeto, convendrá que le llevemos con nosotros, porque en las circunstancias presentes, todas las precauciones son pocas.

—¿Pero a qué vienen esas precauciones? —preguntó Gabriel—. Adivino que no tenéis en Calais ningún pariente.

—Lo tengo, sí —contestó con vivacidad Juan Peuquoy—. Pedro Peuquoy existe, vive en Calais, adora a su antigua patria, a Francia, y estaría tan dispuesto como yo a dar un buen golpe de mano, si es necesario, si vos, monseñor, intentaseis allí algún hecho heroico de la clase de los que habéis ejecutado aquí.

—Te comprendo, noble amigo mío —respondió Gabriel estrechando la mano del tejedor—; pero he de decirte que me estimas en más de lo que realmente valgo. Ignoras cuánto egoísmo había en las heroicidades que me atribuyes. Tú no sabes que, de hoy en adelante, reclama toda mi atención un deber sagrado, más sagrado, si cabe, que el de contribuir a la gloria de la patria.

—¡No le hace! —replicó Juan Peuquoy—, cumpliréis ese deber como cumplís todos los otros; y quizás figure entre estos últimos —añadió bajando la voz—, suponiendo que se presente ocasión, el de compensar con la toma de Calais la pérdida de San Quintín.


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