Las dos Dianas
Las dos Dianas —Hemos conseguido una gran ventaja —observó Pedro Peuquoy—; pero mientras no se rinda también Calais, no estará terminada nuestra tarea. AsÃ, pues, señor vizconde, soy de parecer que debéis quedaros con Juan y con la mitad de nuestros hombres para cuidar de la defensa del fuerte, y dejar que yo, con la otra mitad, baje a la ciudad, donde podremos ser más útiles que en el fuerte. Después de haber utilizado las cuerdas de Juan, preparémonos a sacar partido de las armas de Pedro.
—¿No teméis que lord Wentworth, furioso por lo sucedido, os juegue una mala pasada? —preguntó Gabriel.
—¡Estad tranquilo! —replicó Pedro Peuquoy—. Recurriré a la astucia y al engaño, armas de buena ley cuando se esgrimen contra los que han sido nuestros opresores durante dos siglos. En caso necesario, acusaré a Juan, diciendo que nos ha vendido. Sorprendidos por fuerzas superiores, debido a la traición de Juan, no obstante nuestra resistencia, hemos sido vencidos. No hemos tenido más remedio que rendirnos a discreción. Los vencedores han arrojado del fuerte a los que no hemos querido confesar su victoria, lord Wentworth, que tendrá demasiado que hacer para ocuparse de nosotros, nos creerá, y hasta es posible que nos dé las gracias.