Las dos Dianas
Las dos Dianas —Exponen lo que es suyo, porque su vida les pertenece, señor de Exmés; pero vos no podéis exponer el fuerte, que no es vuestro, sino de Francia —replicó el prudente armero—. Escuchadme, señor vizconde: cuando llegue el momento favorable, cuando juzgue yo que un golpe de audacia, golpe decisivo, puede arrancar de las garras de los ingleses la plaza de Calais, haré que se subleven todos los que me acompañaban y todos los que comulgan en mis ideas. Entonces, como la fruta estará sazonada y la victoria será casi segura, podréis salir del fuerte y ayudarnos a dar el golpe de gracia, el que abrirá las puertas de la ciudad al duque de Guisa.
—¿Quién me advertirá que llegó la hora de la salida? —preguntó Gabriel.
—Vais a devolverme la bocina que os regalé —contestó Pedro Peuquoy—, y cuya voz me sirvió para reconoceros. Cuando la oigáis sonar desde el fuerte de Risbank, salid sin temor, seguro de que vais a participar por segunda vez del triunfo que tan admirablemente habéis preparado.
Gabriel dio efusivamente las gracias a Pedro Peuquoy, escogió, de acuerdo con este, los hombres que debÃan volver a la plaza para secundar a los franceses en caso necesario, y les acompañó hasta las puertas del fuerte de Risbank fingiendo que los expulsaba ignominiosamente.