Las dos Dianas
Las dos Dianas Eran las siete y media y comenzaba a aclararse el horizonte.
Quiso Gabriel izar la bandera de Francia que debía llevar la tranquilidad al duque de Guisa y obligar a virar en redondo a los buques ingleses que vinieran al puerto de Calais, y a este efecto subió a lo alto de la plataforma que había sido testigo de los acontecimientos de aquella noche terrible y gloriosa.
Temblando de emoción se acercó al sitio que pendía la escala de cuerda y desde el cual había sido precipitado el desdichado Martín Guerra, víctima inocente de una equivocación fatal. Se asomó, seguro de ver sobre la roca del fondo el cadáver destrozado de su fiel escudero, pero por más que buscaba, no lograba encontrarle. Concibió alguna esperanza, su mirada ansiosa le buscó por todas partes, y al fin, con viva sorpresa, vio que una gárgola de plomo, que daba salida a las aguas de la torre, había recibido su cuerpo poco más o menos a la mitad de su viaje formidable. Sobre la gárgola estaba el cuerpo del infeliz Martín Guerra, doblado por la mitad, suspendido, inmóvil, probablemente muerto.