Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Ya que no otra cosa, quiso Gabriel recoger el cadáver y darle cristiana sepultura. Pilletrousse, que estaba a su lado llorando desconsolado, porque quería sinceramente a Martín Guerra, quiso llevar a la práctica las piadosas intenciones de su jefe. Inmediatamente hizo que le atasen a la escala de cuerda y se dejó descolgar al abismo.

Cuando volvió a subir, llevando trabajosamente el cuerpo de su amigo, observaron con alegría que Martín respiraba todavía. Un médico, el del fuerte, llamado a toda prisa, prodigó al escudero los auxilios del caso, consiguiendo que recobrase un poco de conocimiento.

Lastimoso era el estado del pobre Martín: tenía un brazo dislocado y una pierna fracturada. El cirujano redujo la dislocación, pero afirmó que se imponía la amputación de la pierna, añadiendo que no se atrevía a ejecutar por sí solo una operación tan difícil.

Se centuplicó la desesperación de Gabriel, al verse encerrado, siendo vencedor, en el fuerte de Risbank; su inactividad, si antes de recoger a Martín Guerra le era penosa, después le parecía atroz.

—¡Oh! —se decía—. ¡Si yo pudiera traer a Ambrosio Paré, Martín Guerra se salvaría!


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