Las dos Dianas
Las dos Dianas
L duque de Guisa, aunque no podÃa creer en el buen resultado de una empresa tan temeraria como la ideada por el vizconde de Exmés, quiso que sus mismos ojos le dijeran si el arrojado joven habÃa triunfado o no. En situaciones tan difÃciles como la en que él se encontraba, nada tiene de extraño que un hombre espere hasta lo que conceptúa imposible.
No eran las ocho cuando montó a caballo y, seguido de una escolta poco numerosa, llegó al sitio que Gabriel le habÃa indicado, desde el cual podÃa verse, recurriendo a un anteojo de larga vista, el fuerte de Risbank.
A la primera mirada que el duque dirigió en dirección al fuerte, sus labios dejaron escapar un grito de alegrÃa y de triunfo.
¡No se engañaba! ¡Sobre el fuerte ondeaba la bandera de Francia! ¡SÃ; aquellos eran los colores! ¡Imposible confundirlos! Si se trataba de una ilusión, la compartÃan con él todos los que le acompañaban.
—¡Mi valiente Gabriel! —exclamó—. ¿Es posible que hayas llevado a cabo ese prodigio? ¡Más vales tú que yo, porque yo dudaba! Gracias a ti, disponemos del tiempo necesario para asegurar la toma de la plaza… ¡Ya pueden llegar los socorros de Inglaterra, que Gabriel se encargará de recibirlos!
