Las dos Dianas
Las dos Dianas —Monseñor —dijo uno de los que le acompañaban—. ¡Parece que los habéis llamado! Mirad con el anteojo hacia el mar, y veréis dibujadas en el horizonte las velas inglesas.
—¡Diligentes han sido, vive Dios! —exclamó el duque—. ¡Veamos… veamos!
Tomó el anteojo y miró.
—¡Efectivamente, son nuestros ingleses! —repuso—. ¡Poco tiempo han perdido! La verdad es que no les esperaba tan pronto. Si a estas horas estuviésemos atacando el Viejo Castillo, la llegada súbita de esos refuerzos nos habrÃa jugado una pasada de las que forman época. ¡Doble motivo de gratitud hacia el vizconde de Exmés! No sólo nos da la victoria, sino que nos libra de la vergüenza de una derrota segura… ¡Vaya! Puesto que no tenemos prisa, veremos qué tal se portan los que llegan, y cómo les recibe el nuevo gobernador del fuerte de Risbank.
Era dÃa claro cuando los navÃos ingleses dieron vista al fuerte. La luz de la mañana les presentó la bandera francesa con todas las caracterÃsticas de un espectro amenazador, y como si no fuera bastante la vista silenciosa del espectro, Gabriel quiso hacer más profunda la impresión, saludándoles con tres o cuatro cañonazos.