Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡No, Juan, no! —contestó—. ¡Si no nos ofreces otra esperanza…! Para que un hombre cerrase asà los ojos, serÃa preciso o que estuviera enamorado de Babette o que fuese un miserable. En uno y otro caso, nos verÃamos en la precisión de iniciar en nuestro doloroso secreto a un extraño, o a un indiferente, y esto no lo harÃa yo nunca. ¡Ya ves! Amigos de toda confianza son el señor vizconde de Exmés y MartÃn Guerra, y, sin embargo, lamento con toda mi alma que las circunstancias les hayan revelado lo que nunca debió haber salido del sagrado de la familia.
Juan Peuquoy replicó con emoción que en vano intentó disimular:
—Jamás propondrÃa yo a Babette que se casase con un miserable, pero no negarás, Pedro, que el otro término propuesto es admisible. Si estuviera enamorado de mi prima un hombre, a quien las circunstancias hubiesen revelado la falta y al propio tiempo el arrepentimiento, si ese hombre estuviera resuelto, para asegurarse un porvenir tranquilo y dichoso, a olvidar un pasado que Babette procurarÃa borrar a fuerza de virtudes… si esto que estoy diciendo fuera un hecho, ¿qué dirÃas, Pedro? Y tú, Babette, ¿qué dirÃas?
—Digo, Juan, que no es posible, que lo que indicas es un sueño —contestó Babette, aunque en sus ojos brilló un rayo de esperanza.