Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Queda concedido el primer favor solicitado por el vizconde de Exmés —añadió el Acuchillado—, y sin que me cueste gran esfuerzo. El segundo favor que solicita el señor de Exmés se reduce a recordarme que vive aquí, en Calais, la señora Diana de Castro, hija del rey de Francia, y a quien vos conocéis, señor de Vaudemont, que era la prisionera de los ingleses. El vizconde de Exmés, que sabe que son muchos los asuntos que reclaman mi atención, me recuerda muy a tiempo que debo dispensar a esa dama de sangre real toda mi protección y disponer que se le tributen todos los honores debidos a su rango. ¿No es esto un nuevo favor que recibo del vizconde de Exmés?

—Sin la menor duda —respondió el marqués de Vaudemont.

—También ha sido concedido este segundo gran favor —dijo el duque de Guisa—. He dado las órdenes oportunas, y aunque yo paso por cortesano muy mediocre, tengo demasiado empeño en cumplir como caballero con las damas para olvidar ahora las atenciones que son debidas a la señora Diana de Castro, tanto por lo que personalmente vale, cuanto por el rango que ocupa. Así, pues, la señora en cuestión irá a París, cómo y cuándo disponga, acompañada de una escolta conveniente.


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