Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Os doy las gracias, monseñor, pero no creáis que soy tan magnánimo —dijo Gabriel—. No hago otra cosa que pagar algunas atenciones que lord Wentworth me dispensó mientras fui su prisionero, y darle al propio tiempo una lección de hombría de bien, en la que verá, tal creo al menos, alusiones y reconvenciones tácitas.

—Nadie como vos tiene derecho a ser severo en estas cuestiones —dijo con mucha seriedad el duque de Guisa.

—Ahora, monseñor —repuso Gabriel, que veía con inquietud que el duque de Guisa guardaba silencio sobre el punto que más le interesaba—, me permitiréis que os recuerde la promesa que tuvisteis la dignación de hacerme en mi tienda de campaña, la víspera de la toma del fuerte de Risbank.

—¡Tened paciencia, señor impaciente! —exclamó el duque de Guisa—. Después de los tres favores eminentes que me habéis pedido, y que os otorgo, testigo el señor Vaudemont, creo que tengo derecho a pediros que me hagáis uno a mí. Puesto que estáis con un pie en el estribo para emprender la marcha a París, os suplico que llevéis y presentéis al rey las llaves de Calais.

—¡Oh, monseñor! —exclamó Gabriel profundamente agradecido.


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