Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Instintivamente sintió el rey el entusiasmo general, del que participaba en mayor o menos escala, y no pudo menos de decir a Gabriel, haciéndose intérprete del mudo deseo de todos:

—Os doy el parabién, caballero. Es sublime lo que habéis hecho. Únicamente deseo que, como me da a entender el señor de Guisa, me sea en realidad posible otorgaros una recompensa digna de vos y digna de mí.

—Señor, una sola ambiciono —contestó Gabriel—, y vuestra majestad sabe cuál es…

Como observara un movimiento en el rey, se apresuró a añadir:

—¡Perdón, señor! ¡No he terminado todavía mi comisión!

—¿Qué más hay? —preguntó el rey.

—Una carta de la señora de Castro para vuestra majestad.

—¿De la señora de Castro? —preguntó vivamente el rey.

Sin reflexionar lo que hacía, se levantó, descendió las dos gradas del trono para tomar la carta de Diana, y dijo a Gabriel, bajando la voz:

—Gracias, caballero; no solamente devolvéis la hija al rey, sino que devolvéis también un padre a mi hija. He contraído con vos dos deudas… Pero veamos lo que dice la carta…


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