Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Y como los cortesanos, inmóviles y mudos esperaban respetuosos las órdenes del rey, este, molesto sin duda por aquel silencio observador, añadió alzando la voz:

—Señores, no quiero que por mi causa contengáis la explosión de vuestra alegría. Nada más tengo que decir: lo demás, es asunto que hemos de tratar el enviado de mi querido primo el señor de Guisa y yo. Todos deseáis comentar a vuestro placer el feliz suceso, y mi deseo es que lo hagáis con libertad completa, señores.

El permiso del rey fue acogido con placer por los cortesanos, que inmediatamente formaron grupos. Momentos después no se oyó en el salón más que el zumbido indistinto y confuso que sale de las muchedumbres cuando hablan muchos a la vez.

Diana de Poitiers y el condestable fueron los únicos que, en vez de hablar, se dedicaron a acechar al rey y a Gabriel.

Por medio de una mirada elocuente se comunicaron sus temores, y un gesto casi imperceptible del condestable bastó para que Diana se acercase a su regio amante.

Enrique II, absorto en la lectura de la carta de su hija, no tenía ojos para ver a la envidiosa pareja.

—¡Diana querida…! ¡Pobrecita Diana!… —murmuraba enternecido.


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