Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan se expresó con una sencillez que hacÃa honor a su cortesÃa y muy sin menoscabo de su valor.
—Pardiez que me place la proposición —dijo Athos—, no porque la acepte, sino porque huele a hidalgo a tiro de ballesta. Asà hablaban y obraban los paladines del tiempo de Carlomagno, a los cuales debe tomar por norma todo caballero. Por desgracia pasaron ya los tiempos del gran emperador, y nos hallamos en los del cardenal, lo cual quiere decir que dentro de tres dÃas y por mucho que se guardara el secreto, no habrÃa quien no supiese nuestro desafÃo, y se opondrÃan a él. Pero, ¡caramba!, ¿qué hacen esos callejeros que no vienen?
—Si el tiempo os apremia y queréis despacharme inmediatamente para el otro mundo, no os andéis con cumplidos —profirió D’Artagnan con la misma sencillez que hacÃa un instante propusiera aplazar el duelo a tres dÃas.
—He aquà otra frase que me agrada —repuso Athos, moviendo con gracia la cabeza—; quien la ha proferido no carece de entendimiento y sin duda tiene corazón. Me gustan los hombres de vuestro temple, y estoy viendo que si no nos matamos uno a otro, más adelante hallaré verdadero placer en vuestra conversación. Como nada me apresura, lo más correcto será que aguardemos la llegada de los padrinos. ¡Ah! Me parece que ahà viene uno.