Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Mucho, por mi fe, y vos me habéis causado un dolor inaguantable; pero esgrimiré con la mano izquierda, como acostumbro en casos parecidos. Y no deis en creer que os hago una merced con eso, pues tiro tan bien con una mano como con la otra; y aun la desventaja estará de vuestra parte, porque no podéis imaginaros lo engorroso que es para aquel que no está prevenido el habérselas con un zurdo. Siento en el alma no haberos puesto antes al corriente de esta circunstancia.
—En verdad no sé cómo agradecer a vuestra merced la sin igual cortesÃa con que me trata —dijo D’Artagnan, haciendo una nueva reverencia.
—Ved que me sonrojáis —repuso Athos con su ademán señoril—; pero hablemos de otra cosa, si no os desplace. ¡Diablos! ¡Si supierais el mal que me habéis hecho! El hombro me arde.
—Si vuestra merced quisiera… —dijo D’Artagnan con timidez.
—¿Qué, caballero?
—Poseo un bálsamo milagroso para las heridas, un bálsamo que me dio mi madre, y del que he hecho la prueba en mà mismo.
—¿Y qué?
—Que estoy seguro de que antes de tres dÃas ese bálsamo os curarÃa, y una vez estuvieseis curado, continuarÃa siendo para mà una gran honra el cruzar mi espada con la vuestra.