Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Caballero —dijo Athos—, he mandado avisar a dos de mis amigos para que me sirvan de padrinos, y todavĂa no han llegado. Me admira su tardanza, pues acostumbran a ser puntuales.
—Yo no tengo padrinos, caballero —repuso D’Artagnan—, pues como no hace más que veinticuatro horas que estoy en ParĂs, todavĂa no conozco en ella más que a m. de TrĂ©ville, a quien me ha recomendado mi padre, que tiene la honra de ser uno de sus amigos.
—¿Conque no conocéis más que a m. de Tréville? —profirió Athos tras un instante de reflexión.
—A nadie más.
—Vaya, vaya… —continuó Athos, hablando consigo mismo y con D’Artagnan a la vez—, lo que va a resultar de eso, es que si os mato van a tildarme de traganiños.
—No tanto, no tanto, caballero —arguyĂł D’Artagnan, haciendo una reverencia no exenta de dignidad—; no tanto, como lo prueba el que me hacĂ©is la honra de cruzar vuestra espada con la mĂa teniendo una herida que debe molestaros muchĂsimo.