Los Tres Mosqueteros

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Luego, los consejos que le diera su padre, esto es, en sustancia, que no sufriese nada de persona alguna excepto del rey, del cardenal y de m. de Tréville, habían sembrado en el corazón de D’Artagnan una resolución inquebrantable. Así pues, el mozo voló más que se encaminó hacia el convento de los Carmes-Deschaux, un edificio sin ventanas, ceñido de estériles prados, sucursal del Pré-aux-Clercs, y en el que por lo común reñían sus desafíos aquellos que no tenían tiempo que perder.

Al llegar D’Artagnan a vista del reducido terreno baldío que se extendía al pie del convento, dieron las doce. Athos no hacía más que cinco minutos que estaba aguardando. Era pues el gascón puntual como la Samaritaine, y el más riguroso casuista respecto a los duelos nada tenía que decir. Athos, a quien seguía doliéndole por manera cruel la herida, por más que le hubiese hecho una nueva cura el cirujano de m. de Tréville, estaba sentado en un guardacantón aguardando a su contrincante con la apacible serenidad y el digno ademán que le eran habituales. Al ver a D’Artagnan, Athos se levantó y salió cortésmente al encuentro del joven, que por su parte se acercó a su adversario, sombrero en mano y barriendo el suelo con su pluma.



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