Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Además, o nosotros no hemos hecho una pintura fiel del carácter de nuestro caballero andante, o nuestros lectores han notado ya que D’Artagnan no era un pelele. Esto expuesto, no es extraño que el mozo, a la par que se decÃa una y otra vez que su muerte era inevitable, no se resignase a morir como una oveja, como otro menos valiente y menos templado que él habrÃa hecho en su lugar. Entonces fue cuando, haciendo reflexiones sobre el carácter de cada uno de aquellos con los cuales iba a batirse, D’Artagnan empezó a ver más claramente su situación, y fue entonces también cuando esperó que, gracias a las leales disculpas que él estaba dispuesto a darle, iba a captarse la amistad de Athos, de quien le placÃan con extremo el continente señoril y la gravedad del semblante. Por lo que se referÃa a Porthos, nuestro Quijote se lisonjeaba de mantenerlo a raya con el lance del tahalÃ, ya que, de no quedar en el acto, podÃa contarlo a todo el mundo, y, haciéndolo con destreza, cubrir de ridiculez a aquel; y en cuanto al socarrón de Aramis, le inspiraba tan poco temor que, suponiendo que llegase hasta él, tenÃa por cierto que le expedirÃa pasaporte para el otro barrio, o al menos lo herirÃa en el rostro, como César recomendara que se hiriera a los soldados de Pompeyo, averiando de esta suerte y para siempre aquella hermosura que tanto enorgullecÃa a su dueño.