Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Milady permaneció silenciosa; pero ahora no por afectación, sino supeditada por el terror, pues supuso que la orden iba a ser ejecutada enseguida, aquella misma noche, por haber lord Winter hecho anticipar la partida. Por un instante, pues, aquella lo vio todo perdido; a pesar de ello, de pronto notó que el documento no estaba autorizado con firma alguna, y tan intenso fue el gozo de que la colmó tal descubrimiento, que no pudo ocultarlo.

—¡Ah! —profirió lord Winter, advirtiendo la expresión de alegría de milady—, buscáis la firma, y como no la veis, os decís: aún no se ha perdido todo, pues la orden no está firmada; me la muestran para asustarme y nada más. ¡Cuán equivocada andáis! Mañana esta orden será enviada a lord Buckingham; pasado mañana volverá signada de su mano y con su sello, y veinticuatro horas después os aseguro que la pondré en ejecución. Es cuanto tenía que deciros. Adiós.

—Y yo os digo que semejante abuso de fuerza y tal destierro bajo un nombre supuesto son una infamia.

—¿Preferís que os ahorquen bajo vuestro verdadero nombre? —repuso el barón—. Ya sabéis cuán inexorables son las leyes inglesas respecto del abuso del matrimonio; hablad con franqueza: aunque mi nombre, o más bien el nombre de mi hermano, figure en este asunto, arrostraré la ignominia de un proceso público para estar seguro de que con ello me veré desembarazado de vos.


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