Los Tres Mosqueteros

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Sin embargo, la asaltó uña idea terrible, la de que lord Winter enviaría tal vez al mismo Felton para hacer firmar la orden a Buckingham. De suceder así, el teniente se le escapaba de entre las manos, y para triunfar era menester la magia de una seducción continua.

Con todo eso, ya hemos dicho que a milady le tranquilizaba una cosa, el que Felton no había hablado.

La presa quiso no aparentar emoción alguna por las amenazas que le dirigiera lord Winter, a cuyo afecto se sentó a la mesa y comió. Luego, y como en la víspera, se puso de rodillas y repitió en voz alta sus oraciones, y, como en la víspera también, el centinela dejó de andar y se detuvo para escucharla.

A poco, milady oyó pasos más ligeros que los del centinela que venían de lo último del corredor y se detuvieron a su puerta.

—Es él —dijo milady.

Y se puso a entonar el mismo cántico que en la víspera había exaltado de tal suerte a Felton.


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