Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —DecÃs mucho o muy poco, señora —profirió el teniente—; asà pues os pido que os expliquéis.
—¿Que yo os cuente mis desventuras, para que las tildéis de embustes, y os haga sabedor de mis proyectos para que vayáis a denunciarlos a mi perseguidor? Nunca, caballero. Por otra parte, ¿qué os importa a vos que viva o muera una infeliz condenada? Vos no respondéis más que de mi cuerpo, y con tal de que presentéis mi cadáver y pueda acreditarse que es el mÃo, no os exigirán más, y quizás obtengáis doble recompensa.
—¡Yo, señora! —exclamó Felton—. ¿Y vos imagináis que aceptarÃa yo el precio de vuestra vida? No, vos no sentÃs lo que decÃs.
—Dejadme hacer, Felton —dijo milady, exaltándose—; todo soldado debe ser ambicioso, y yo os garantizo que si ahora sois teniente seguiréis mi cortejo fúnebre con el empleo de capitán.
—Pero, señora —exclamó, enternecido, el joven—, ¿qué os he hecho yo para que echéis sobre mà tamaña responsabilidad ante Dios y los hombres? Dentro de pocos dÃas habréis salido de aquÃ, vuestra vida ya no estará bajo mi custodia, y —añadió Felton, dando un suspiro— entonces haréis lo que os plazca.
—¡Asà que vos —profirió milady, como arrebatada por santa indignación—, hombre piadoso y, según os llaman, justo, solo deseáis que no os inculpen ni os molesten por mi muerte!