Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Debo velar por vuestra vida, señora, y lo haré.

—Pero ¿no veis el oficio que estáis desempeñando? —exclamó milady—; si ese oficio sería ya cruel siendo yo culpable, ¿qué nombre le daréis, y qué nombre le dará el Señor si soy inocente?

—Señora, soy soldado y cumplo las órdenes que he recibido.

—¿Y vos creéis que en el día del Juicio Final Dios separará de los jueces inicuos a los verdugos ciegos? ¡No queréis que yo mate mi cuerpo, y os hacéis instrumento del que quiere matar mi alma!

—Os repito, señora —repuso Felton, perturbado—, que no os amaga peligro alguno; respondo de lord Winter como de mí mismo.

—¡Insensato! —exclamó milady—. ¡Oh! Sí, se necesita ser insensato para responder de otro hombre cuando los más sabios, según Dios, vacilan en responder de sí mismos; se necesita haber perdido la razón para ponerse del lado del más fuerte y más dichoso para abrumar al más débil y desventurado.

—Es imposible, señora —murmuró Felton, que en lo íntimo de su corazón conocía la exactitud de aquel argumento—. Presa, no recobraréis la libertad por mí; viva, no perderéis por mí el aliento.


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