Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pero perderé lo que me es mucho más caro que la vida —exclamó milady—, perderé la honra; y a vos os haré responsable ante Dios y ante los hombres de mi oprobio y de mi infamia.

Ahora, Felton, por muy impasible que fuese o aparentase ser, no pudo resistir al influjo secreto que ya se apoderara de él: ver a aquella mujer tan hermosa, blanca como la más cándida visión, y tan pronto desconsolada como amenazadora, y sufrir a la vez el ascendiente del dolor y de la hermosura, era excesivo para un visionario, para un cerebro minado por los ardientes sueños de la fe extática, para un corazón corroído a un tiempo por el amor del cielo, que abrasa, y por el odio de los hombres, que devora.

Milady notó la turbación de Felton, por intuición sintió la llama de las pasiones opuestas que ardían con la sangre en las venas del joven fanático, y como el experto general que al ver al enemigo próximo a retroceder se abalanza a él lanzando un grito de victoria, se levantó, hermosa cual sacerdotisa de la antigüedad, inspirada como una virgen cristiana, y con el brazo extendido, la garganta al aire, sueltos los cabellos, sujetando púdicamente el vestido sobre su pecho, y la mirada encendida por el fuego que ya llevara el desorden a los sentidos del joven puritano, se le acercó y entonó sobre una nota vehemente y con dulcísima voz, a la que imprimió un acento terrible, la siguiente estrofa:


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