Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Entrega a Baal tu víctima,
arroja al león al mártir;
Dios, al que de lo hondo clamo,
te hará arrepentir cuanto antes.
A tan singular apóstrofe, Felton quedó como sobrecogido, y exclamó, juntando las manos:
—¿Quién sois vos? ¿Sois enviada del Señor o ministro del averno? ¿Ángel o demonio? ¿Eloa o Astarté?
—¿No me has conocido, Felton? No soy ángel ni demonio, soy una hija de la tierra, una hermana tuya en creencias, nada más.
—Sí, sí —exclamó el joven—, todavía dudaba, pero ahora creo.
—¡Crees, y, sin embargo, eres cómplice de ese hijo de Belial a quien llaman lord Winter! ¡Crees, y me dejas en manos de mis enemigos, del enemigo de Inglaterra, del enemigo de Dios! ¡Crees, y me entregas al que mancilla al mundo con sus herejías y sus escándalos, a ese Sardanápalo a quien los obcecados llaman el duque de Buckingham y los creyentes Anticristo!
—¡Yo, entregaros a Buckingham! ¡Yo! ¿Qué estáis diciendo?
—Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen —exclamó milady.