Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ay! —profirió el joven—, solo me es dado compadeceros si me probáis que sois una vÃctima. Pero a lord Winter le asisten tremendos cargos contra vos. Cristiana sois, y hermana mÃa en religión; lo que hace que me sienta atraÃdo hacia vos, yo, que nunca he amado más que a mi bienhechor ni he hallado en el camino de mi vida más que traidores e impÃos. Pero vos, señora, tan hermosa en realidad y tan pura en la apariencia, debéis de haber cometido iniquidades para que lord Winter os persiga como os persigue.
—Tienen ojos y no ven, oÃdos y no oyen —repitió milady con indecible acento de dolor.
—Explicaos, pues —exclamó el teniente.
—¡Confiaros mi oprobio! —profirió milady con el sonrojo del pudor en las mejillas—, pues con frecuencia el crimen de uno es la vergüenza de otro; ¡confiaros mi oprobio, a vos, hombre, yo, mujer! ¡Oh! ¡Nunca! ¡Nunca!
Y al decir estas palabras, milady se cubrió púdicamente los ojos con las manos.
—¡A mÃ, a un hermano! —exclamó Felton.
Milady miró largo tiempo a su interlocutor con una expresión que este interpretó como el reflejo de la duda, y que, sin embargo no era más que observación y sobre todo voluntad de fascinar.
Felton, suplicante a su vez, juntó las manos.