Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ya le oís! —exclamó milady, dando una gran voz para que el barón creyera que se dirigía al cielo, y Felton comprendió que era a él.
El teniente bajó la cabeza, y se puso pensativo.
Lord Winter cogió al oficial por el brazo, y con la cabeza vuelta hacia milady, para no perderla de vista hasta que hubiese llegado a la puerta, salió.
No he avanzado tanto camino como supuse, dijo para sí milady una vez que la puerta se hubo cerrado. Winter ha cambiado su acostumbrada bobería en insólita prudencia. ¡Oh! ¡Lo que es el deseo de venganza! ¡Cómo forma al hombre! En cuanto a Felton, titubea; no es como el maldito D’Artagnan. Un puritano solo adora a las vírgenes, y él las adora juntando las manos. Un mosquetero ama a las mujeres, y las ama juntando los brazos.
Con todo eso milady aguardó con impaciencia, pues supuso que volvería a ver a Felton antes de que acabase el día. Por fin, una hora después de la escena que acabamos de narrar, oyó que a la puerta hablaban en voz baja, y al poco aquella giró sobre sus goznes para dar paso al teniente.
El joven entró con presura en la estancia, y dejando tras sí y de par en par la puerta, hizo seña a milady de que se callase.
—¿Qué queréis de mí? —preguntó la presa al ver el trastornado semblante del joven.